
Paso mi vida subiendo los peldaños de una escalera que no se a donde lleva. Al principio lo hacía sin saber que hacía. Después dudaba de si debía esforzarme en seguir subiendo, pero subía. Hoy no sé porque he de hacerlo, me cruzo de brazos, frunzo el ceño y doy fuertes pasos de pura resignación. El mañana, el mañana es a lo que le temo, pues empiezo a ver los peldaños más como un improvisado asiento que como un camino. Y yo, estoy tan cansado…

Voy a dejarte aquí un poema de un grande:
ResponderEliminar"La lágrima fue dicha.
Olvidemos
el llanto
y empecemos de nuevo,
con paciencia,
observando las cosas
hasta hallar la menuda diferencia
que las separa
de su entidad de ayer
y que define
el transcurso del tiempo y su eficacia.
¿A qué llorar por el caído
fruto,
por el fracaso
de ese deseo hondo,
compacto como un grano de simiente?
No es bueno repetir lo que está dicho.
Después de haber hablado,
de haber vertido lágrimas,
silencio y sonreíd:
nada es lo mismo.
Habrá palabras nuevas para la nueva historia
y es preciso encontrarlas antes de que sea tarde."
(Nada es lo mismo, Ángel González)
Si acaso, yo me atrevería a cambiar el último verso porque nunca, aunque suena a topicazo, nunca es tarde.
Un abrazo.
Siempre encuentras versos adecuados para los textos que publico, y esta vez, no es diferente. Aunque el camino es complicado y más que el camino es la elección de este tu siempre le das empujones a mi pesada espalda. Gracias.
ResponderEliminarCuando el camino que pisas a cada paso es más senda que camino.
Cuando la senda poco a poco se confunde con los claros de hierba y zarza.
Cuando lo que te parecía como una buena elección acaba en un desfiladero de roca, polvo y maleza. Solo ahí te das cuanta de que no solo estás perdido, sino que ya lo estabas hace tiempo.
Te sientas, respiras, te maldices y tomas un nuevo camino.
Cuando la maleza no parece aclarar.
Cuando tus piernas, antes fuertes y rápidas, ahora se conforman con un paso más.
Cuando no hay senda, ni maleza, ni barranco, ni camino.
Por alguna extraña razón, casi todas las miradas están atadas a la ley de querer ver antes de tiempo. Y también a la maldita denuncia de querer compararlo con ese ayer que, sin cesar, nos devuelven los recuerdos, tergiversados muchas veces sin darnos cuenta. Por eso dudamos. Porque los ojos siempre están más allá, en pasado o en mañana, pero casi nunca en hoy. Por eso las decisiones nos pesan incluso antes de decidirlas, por culpa de esas otras que no dieron resultado, por las que (no) serán hasta que hayan sido. Entremedias hay un hueco. Tendemos a ignorarlo porque duele. Nos cerramos en banda a entender que, a veces, el vacío es más que necesario. El hambre de. Si lo intentáramos, por lo menos, enfrentarnos a esa ausencia, no te digo yo que los minutos entonces fuesen más rápidos, pero sería más fácil encontrarn los mendrugos de pan.
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